Desde el título de este artículo, aparentemente coincidiríamos con Francis Fukuyama, el casi olvidado empleado de la administración Bush devenido en teórico del capitalismo más rabioso… [1] Suena raro pero, como dije, sólo es apariencia. Desde una perspectiva ideológica –desde lo aparente, desde este rasgo del discurso–, habría una coincidencia lisa y llana entre aquél y quien suscribe… Pero te invito a seguir leyendo para descubrir que entre el escriba a sueldo del imperialismo y yo nada hay en común.
Resulta que la vez pasada y a raíz las próximas elecciones legislativas, se armó en el diario una polémica alrededor de ser de izquierda o ser de derecha como caracterizaciones aceptables para los partidos y frentes en la presente campaña electoral. Por ejemplo, para todos está claro que el revuelto entre De Narváez, Solá y Macri es de derecha, mientras que Sabbatella y su armado electoral es… de izquierda. Javier Lema defendió dicha caracterización a partir de su propia pertenencia: de izquierda, como una manera de esquematizar y delimitar posiciones políticas. Yo defendí la mía: que, poco más o menos, las ideologías son una porquería.
Para empezar, digamos que discutir sobre qué o quién es de derecha o es de izquierda es una entelequia o, si se quiere, una tautología: no lleva a ningún lado, más allá del maniqueísmo con que el sentido común tiende a ver la realidad social. Sin embargo, suele ser tema de conversación y de debate entre personas cultas y/o más o menos inteligentes; incluso, entre aquellos con ínfulas intelectuales –donde me cuento– parece ser un tema elevado, complejo (en algún punto lo es), digno de dedicarle charlas de café, de mesa editorial, de sesudos artículos periodísticos y en sitios web –como éste–, hasta de conferencias y libros sobre los cuales ciertos personajes construyen prestigio y, sobre todo, toda una carrera profesional; es decir, hablando y escribiendo sobre casi nada.
No obstante, convengamos que la divulgación de la ideología entre los círculos bienpensantes, entre los llamados ‘formadores de opinión’, también cumple una finalidad concreta, a saber: hacer perdurar y proliferar un mito conveniente a las clases dominantes para profundizar y hacer perdurar su dominación. Un mito que, consecuentemente, se ha divulgado y arraigado en el conjunto de la población, de las masas, de la humanidad. Los círculos académicos, las universidades, los centros culturales, los organismos culturales, etc., son los sitios donde tal despropósito cobra ínfulas, pero convengamos que las ventajas que nos procuran los medios de comunicación actuales (la tele, la radio, los libros, las revistas, la internet, etc.) han potenciado esta cuestión hasta límites nunca vistos.
Pero no se trata de ninguna novedad. Durante siglos, los filósofos fueron los grandes ideólogos. No obstante, sus conclusiones filosóficas derivaban de observaciones más o menos racionales de la naturaleza y de la sociedad de las cuales ellos mismos eran emergentes, con sus condicionamientos y limitaciones. Fue Wittgenstein, quizá el filósofo más respetado e imitado del siglo XX, quien alcanzó el acabose de tal paradigma al sostener que “la única tarea que queda para la filosofía es el análisis del lenguaje”; varias generaciones de filósofos, sociólogos, pensadores, politólogos y aún psicólogos, llevaron tal paradigma hasta las últimas consecuencias, divulgando el asunto universalmente, hasta su masificación.
Hoy, eso es la ideología: el análisis del lenguaje, un fenómeno cuasi psicológico, una especie de idea de la idea, la impresión completamente subjetiva que se tiene de las ideas de otro a través de su discurso, de sus palabras; más aún, no amerita como condición sine quanon para ser sostenida contrastar ese discurso o esas ideas con la realidad. Por eso, la ideología es ciento por ciento prejuicio, un mito tan arraigado como la religión, en los hechos su superlativización: nos quiere hacer creer en lo que no existe (millones de personas lo creen), en algo que no puede ser, contrario a toda metodología científica e incluso a la naturaleza de las cosas.
Mas, como dice el Martín Fierro, “para conocer a un cojo, lo mejor es verlo andar”.
El partidario de la ideología como método o parámetro, por el contrario, mira al cojo a los ojos, ausculta sus pupilas, intenta discernir su perfil psicológico y hasta sociológico, escucha atentamente su voz y sopesa sus palabras, estudia su postura y vestimenta, analiza sus ademanes y mohines, y finalmente sentencia si el cojo es de derecha o de izquierda… Así es mucho más fácil que verlo andar: estudiar y analizar sus actos pasados y presentes para así suponer concretamente una perspectiva de accionar futuro.
Aunque a veces puede tener fines agitativos y hasta propagandísticos (teniendo presente los prejuicios sociales existentes, redondamente reales, es lógico y normal que la izquierda se autodefina como tal mientras la derecha se autodenomina centro… je je je), digamos que la ideología es pura superficialidad, lo más execrable del sentido común por las consecuencias que acarrea. El fascismo y el estalinismo son dos ejemplos claros. El primero llevó la cuestión ideológica (de derecha) al paroxismo: la llamada “solución final”, con que pretendía aniquilar el judaísmo con siglos de lucha contra la opresión, y al comunismo, de ser posible, colonizando la URSS donde habitaban millones de comunistas. La propia URSS pero también China y España, dan fe de las consecuencias históricas, trágicas para la humanidad, de la ideología (de izquierda) que sirvió de paraguas a los grandes crímenes de Stalin y del estalinismo, que acabó asesinando a toda una generación de revolucionarios y desmoralizando a varias generaciones más. (Digamos, de paso, que Orwell fue su consecuencia literaria más acabada.)
Si alguien se confunde y puede llegar a asimilar ideología con teoría, vale advertirle que cualquier ideología desnuda, despojada del floreo literario que adorna su estructura, es mero pragmatismo. Si con la ideología se vestía la sórdida desnudez del pragmatismo, Fukuyama intentó elevarlo, como dios lo trajo al mundo, al exhibirlo sin pudor como en un desfile de alta costura. La idea era, no obstante, imponer una nueva categoría ideológica que resultase más convincente y sirva a los fines históricos de la burguesía: seguir acumulando ganancias. Porque ella, la ideología, muta de ropaje pero se replica continuamente: sabe adecuarse a los tiempos, aggiornarse.
Y el pragmatismo, debemos decirlo, es puro empirismo, la negación de la teoría, de la praxis desarrollada por Hegel y poco más tarde profundizada por Marx y Engels. “Toda la teoría del estalinismo se reduce a las botas de la GPU”, decía Trotsky en alusión a la policía secreta de Stalin.
El peronismo es otro ejemplo dramático para la historia y para el pueblo argentino. Para los estudiosos de las ideologías (no para sus partidarios, que ven en lo que sigue la solución evidente a un dilema que podría ser teórico para los no iniciados en tal doctrina) resulta de él, el peronismo, un gran problema: a veces es de izquierda, a veces de derecha… Sus partidarios, como dije, desechan redondamente tal dicotomía o cuestionamiento existencial: “Todos somos peronistas”, suele argumentar mi amigo Roly. Esta, por cierto, es la ideología del peronismo-pejotismo: puro y simple pragmatismo en función de continuar usufructuando las mieles del poder. Los eslóganes sobre liberación nacional, revolución peronista, liberación o dependencia, Braden o Perón, etc., utilizados por el aparato justicialista, hoy no son más que eso: eslóganes de campaña, expresiones vulgarizantes de su ideología.
La ideología peronista, su doctrina, sus mandamientos, han tenido un efecto devastador sobre la conciencia de las mayorías argentinas. Al respecto, los interesadamente peronistas suelen mencionar la “identidad peronista” del pueblo argentino. Esto es ideología pura, destilada: homogeneizar la identidad de un pueblo más allá de las clases, de los intereses contrapuestos, de los profundos e insalvables antagonismos sociales. Las consecuencias concretas –para quienes defienden el carácter estéril de la cuestión– son los Perónes, las Isabeles, los López Regas, los Firmeniches, los Menems, los Duhaldes, los Cavallos, los Ruckaufs, los Sciolis, los Kirchners… Como el dios de los cristianos, para el que todos los humanos somos hijos y merecemos la misma consideración, el peronismo pretende instalarse por encima de la sociedad real e intenta desclasar a los trabajadores argentinos para ponerlos bajo una misma bandera de ‘unidad nacional’, de defensa insoluble del statu quo, como quien diría. Desde aquel cielo impoluto defiende los intereses económicos terrenales del empresariado nacional y popular, ligado por el tuétano a los intereses todavía más terrenales del imperialismo.
Ya que hablamos de dios, digamos que el caso de la religión, del cristianismo y específicamente de la iglesia católica, es quizá el más trágico para la humanidad –la superlativización ideológica, como se dijo–. Ideológicamente identificada con la paz, con la vida (‘desde la concepción…’), con el espíritu y todo eso, con fuertes mandamientos de los cuales el ‘no matarás’ puede ser el basamental, el paradigmático, el eje sobre el cual se construye toda la estantería bíblica, la iglesia –decía– ha sido a lo largo de los últimos dos mil años la promotora y a veces ejecutora de torturas, persecuciones, grandes masacres y genocidios a escalas nunca vistas antes ni después. Los pueblos indígenas de América y los europeos durante el oscurantismo dan fe de ello. La iglesia (todas las iglesias, todas las religiones) es al mismo tiempo la entidad ideológica por excelencia y una organización criminal, siniestra.
A la sazón, la vez pasada escuché en la radio a Pablo Marchetti [2], editor de Barcelona, asegurar que “el periodismo es un relato de ficción”; coincido con él, añadiendo que es un relato de ficción porque ha sido teñido de ideología, imbuido de ella. Los hechos que el periodismo relata, que los medios relatan, están condicionados por la línea editorial de cada medio, y la línea editorial no es más que el manual ideológico de cada medio. Y lo digo con conocimiento de causa, ello no cabe sólo a Clarín, a La Nación o a Página/12, a Canal 13, Canal 7 o radio Continental; cabe a todos los medios, por ende a toda la prensa y al periodismo. Los periodistas son (¡somos!) instrumentos de esa monstruosa maquinaria. El vulgar ‘debate público’ sobre el delito y la pena muerte resulta aleccionador al respecto. Y George Orwell, si no me equivoco, lo señaló hace ya setenta años… [3]
La ideología sirve para confundir, para amilanar, para infundir determinada idea de la vida (ejemplos: ‘siempre hubo pobres y siempre los habrá’, ‘de los pobres será el reino de los cielos’, ‘la propiedad privada es sagrada’, ‘la familia es la base de la sociedad’ y otros por el estilo), para borrar en lo posible todo rasgo de humanidad o individualidad en las personas; sirve para masificar bajo el llamado discurso único y unidireccional. Su utilidad refiere básicamente a des-caracterizarnos, quitarnos nuestro carácter único e inigualable –como verás más adelante–, para transformarnos en ovejas obedientes del rebaño ajeno. La ideología es la biblioteca de la alienación, su corpus literario, por decirlo de alguna manera.
Pero no la denuncio porque sea tendenciosa (para izquierda o para derecha); en el fondo, esa cuestión no tiene ninguna relevancia: en términos históricos, da igual. La denuncio per se: es perniciosa por si misma, apunte para donde apunte. Parafraseando a Engels: el problema no es la ideología de derecha o de izquierda, sino la ideología en si misma. [4]
Mi radical diferencia o distancia con el Fukuyama del tan divulgado pasquín [5], titulado accidentalmente casi como este artículo, es que lo que él proponía no era un cuestionamiento a las ideologías como tales, a fin de destruir teóricamente un mito que postula la alienación intelectual; sino, en presunta contraposición, como el nuevo reino universal del pragmatismo, del empirismo político y económico más rancio; es decir: una nueva ideología. Al tiempo que Fukuyama sostenía la muerte de las ideologías, postulaba una de igual o peor calaña, que suponía superadora de todas las anteriores. Muchos le creyeron honestamente, con el muro de Berlín cayendo a pedazos como escenografía [6].
No obstante, la realidad cotidiana hace polvo toda ideología en tanto supuesto o presupuesto. En los hechos, en sus actos, los ideológicamente de izquierda o progresistas se parecen tanto a los de derecha o reaccionarios como dos gotas de agua. Esto sucede generalmente cuando, pongamos por caso, partidos políticos ubicados ideológicamente a la izquierda o a la derecha obtienen el poder político. La historia argentina es perfectamente ejemplificadora al respecto.
No es tampoco que todo me dé igual. No me da igual Hitler que Stalin, una democracia (donde la ideología está por encima de la fuerza) que una dictadura (a la inversa); ni me son indistintos Kirchner o Menem, incluso, para serte sincero. Sé que no son iguales y a veces ni parecidos los métodos con que unos y otros nos sojuzgan; pero también sé que, en efecto, nos sojuzgan, que la finalidad histórica de todos ellos es eternizar la opresión y la explotación, en la medida de sus posibilidades y con los medios de que dispongan en tal o cual período histórico [7]. La hojarasca ideológica los separa, pero sus objetivos concretos los igualan. Y esto último, finalmente, es lo que de verdad importa.
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1. Una vez escrito, me cuesta bastante sostener eso de ‘capitalismo rabioso’ como excepción o alternativa al mero capitalismo. La verdad es que cualquier adjetivación al capitalismo no es más que una postulación ideológica, falsa, como se verá por lo que sí sostengo más adelante.2. Para los amigos: ¿sabían que Marchetti era parte y compositor de Sometidos por Morgan? Lo dijo en las declaraciones radiales de marras.
3. Oh, casualidad: en la noche del viernes Día del Trabajador, mientras esto escribía y oía la tele, a propósito de la escasa repercusión en los medios de la visita al país de Evo Morales, Orlando Barone se preguntaba en el programa 6, 7, 8, de Canal 7, la siguiente tonería: “Los medios del mundo… –hizo una pausa tipo ta tá ta tán– ¿son de derecha?”, y la dejaba picando como quien ha hecho una pregunta re-trascendental, como ¿cuál es el sentido de la vida? o cosa por el estilo. ¿Será posible? ¿Puede ser que en esta sociedad Marchetti sea considerado una especie de humorista y Barone una de ‘intelectual serio’? ¿Puede ser cierto ésto? Todo el tiempo estoy tentado de escribir algo así como un ensayo sobre los medios de comunicación y la prensa, titulado El imperio de los imbéciles, y cada día hallo razones nuevas para emprenderlo.
4. Dijo Engels algo así: “El problema no son los bajos salarios, el problema es el salario”.
5. ¿Cabe aclarar que nada me une a todo Francis Fukuyama? Ya está, por las dudas.
6. Hace muchos años, creo que en El gran organizador de derrotas (que alguien me corrija si no es ahí), León Trotsky postulaba la encrucijada fatal de la burocracia estalinista: ser derrotada y desbancada por las masas sublevadas o, en su defecto y lo que finalmente ocurrió, pasarse con armas y bagajes al imperilismo.
7. Son mis métodos respecto a ellos los que varían, en todo caso.
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El escritor catalán Luis Goytisolo ganó la 41 edición del Premio Anagrama de Ensayo por su obra Naturaleza de la novela, en el que plantea y desarrolla los aspectos fundamentales de la novela, como qué se entiende por ésta y cuáles son sus orígenes. El libro se publicará en mayo y Librerías –el otro ensayo finalista–, de Jorge Carrión, aparecerá en setiembre





Ortega y Gasset postuló: : “Ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.
A pesar de que las ideologías constituyen un pobre sucedáneo de las ideas, todo el mundo parece afanarse por asumir alguna, que defiende con el mismo fervor ciego con el que jalearía a su equipo de fútbol, y, por supuesto, nadie acepta que uno pueda carecer de ellas. Resulta demasiado tentador afirmar: “Usted es de izquierdas (o de derechas)”, y con esta dicotomía simplificar el mundo para adaptarlo a la simplicidad de la propia cabeza. Resulta demasiado cómodo calificar cualquier cosa con el simple criterio de si coincide con mi doctrina en lugar de tomarse el trabajo de pararse a pensar. Y resulta demasiado inmoral el hecho de cambiar de parecer cada vez que se estima conveniente.
Nos guste o no, preferimos la simplicidad por encima de la verdad. Así nos va.